Una nueva filosofía para superar el duelo por la muerte de un hijo, una veintena de gijoneses se reúnen para afrontar en grupo este dolor
“Es esperanzador ver que hay personas que han pasado por lo mismo y que han aprendido a volver a vivir”
Por la izquierda, de pie, José Antonio López, Sonia Díaz, Carmen Alonso, Geli Martínez y Víctor Cuesta. Sentados, Charo Falcón, Begoña Álvarez y Clara Isabel Martínez, en el espigón central del Muelle. | ÁNGEL GONZÁLEZ
La Fundación Sara López Falcón nació hace ya más de un lustro de la mano de José Antonio López y Charo Falcón, padres de la joven que da nombre en la entidad, fallecida prematuramente en 2013. Desde entonces, la fundación persigue dos grandes proyectos, siendo el más conocido el sistema de becas a jóvenes con buenos expedientes académicos y necesidades económicas que quieran cursar estudios universitarios y no tengan medios suficientes para ello. El otro, sin embargo, funciona desde 2019 en un plano más discreto, pero brinda un servicio también poco habitual en la ciudad: unas terapias de grupo para padres que han perdido a sus hijos y que buscan encontrarle un sentido a su duelo más allá del dolor. Alrededor de una veintena de progenitores se reúnen a través de esta entidad con el acompañamiento que las psicólogas Eva Marín de la Rosa e Isabel Mochales brindan voluntariamente. Y el resultado de esta ayuda grupal, recién refundada y con margen de crecimiento, es ya notorio. “El duelo por la pérdida de un hijo es muy complicado, muy duro, pero el compartir experiencias con otros ayuda a salir adelante”, cuenta Falcón.
Que este grupo de terapia grupal lleve funcionando ya cosa de seis años permite que los integrantes más veteranos estén ahora en condiciones de ayudar a los recién llegados, un gesto que López y Falcón, por experiencia propia, se habían marcado como uno de los objetivos principales de la iniciativa. La gijonesa Clara Isabel Martínez, por ejemplo, lleva ya cosa de cuatro años con el grupo. Perdió a su hijo en 2021. “Por esas fechas me llamaron del ambulatorio y el enfermero me contó que existía esta terapia. Con el tiempo me di cuenta de que mi hijo, que tuvo una vida dura, cambió a su madre. Clari es hoy otra persona porque el amor que no le puedo dar a él se la quiero dar a otras personas. Y siento que haciendo eso y recordándole de alguna manera sigue conmigo”, cuenta.
Otra de las veteranas es Carmen Alonso que lleva algo más de cuatro años con el grupo tras sufrir su pérdida hace cinco. “Cuando llegué, estaba derrotada, no podía ni hablar, pero ahora lo agradezco tanto… Para mí fue un asidero tremendo; no se juzgaba la muerte ni el dolor de nadie”, explica. Ella cree haber logrado cambiar su manera de pensar en la muerte, que entiende ahora más bien como algo “que está ahí y de la que nadie se va a escapar”, y que por tanto lo importante es aprender a vivir de la mejor manera posible y como se pueda. También cree que reunirse con personas que han vivido situaciones similares es más fácil sincerarse, y Martínez coincide: “En esas charlas cuantas cosas que no cuentas a nadie más”.
Sonia Díaz es una incorporación más reciente: lleva poco más de un año con el grupo de la fundación. “Estaba buscando recursos de ayuda tras la muerte de mi hijo y encontré que esto existía por internet. Me vino muy bien. Es un sitio donde puedes hablar de tus sentimientos y ves que todos los demás los conocen y los respetan, no te echan nada en cara”, dice. A su juicio, esta experiencia le ha ayudado también a vivir un cierto cambio de filosofía. “Por primera vez en mi vida escuché eso de que podíamos encontrarle un sentido a la muerte de un hijo. Es algo que hay que trabajar, cuesta mucho”, razona.
Esta idea del propósito la desarrolla José Antonio López: “Se habla de las fases del duelo, que termina con la aceptación, pero Charo y yo vimos que el espíritu de Sara era más que eso, que quedarnos en la aceptación era como aceptar que el espíritu de Sara ya no estaba presente. No queríamos quedarnos en casa con el dolor porque nuestra hija nos daba amor, no sufrimiento, y ese amor lo queríamos dar a los demás”. Falcón recuerda que el grupo se ha bautizado como “Vive en mí” precisamente por este motivo.
“Un golpe tremendo”
Begoña Álvarez cumplió en septiembre dos años como integrante del grupo. En abril de ese año había perdido a su hija. “Fue un golpe tremendo, y mi otra hija se puso a buscarme cosas que pudiesen ayudarme por internet. Al principio la gente me decía: ‘¿Cómo vas a ir ahí? ¿A qué, a llorar? Y yo les decía: ‘¡Pero si ya lloro en casa todos los días!’ Al final fue lo mejor que pude haber hecho. Nadie me juzgaba y llegaba a mi casa desahogada. Uno no puede sanarse de esto, pero sí aprender a vivir con ello”, relata. Alonso añade: “Además, tampoco es que estemos todo el rato llorando. Yo me tengo reído mucho”. Y Sonia Díaz se dirige al resto y completa: “El ambiente es tan bueno que en verano, como no hay reuniones, yo ya os echo de menos”.
Las últimas incorporaciones a este recurso de terapia grupal son Geli Martínez y Víctor Cuesta. “Nos murió un hijo de repente y lo de la psicóloga particular a mí no me funcionaba. En este grupo vemos esperanza, porque vemos que otras personas ya han aprendido a volver a vivir”, señala ella. Cuesta, que además nunca estuvo muy por la labor de acudir a uns psicólogo por su cuenta, defiende la relevancia de este tipo de ayudas grupales para personas como él: “Aquí se puede hablar de la muerte de un hijo y pensar en él para bien. Fuera de este grupo no puedo hacerlo; casi parece un tema tabú”.
El resto de integrantes asienten con la cabeza. “A veces parece que cuando pasa el tiempo parece que, como ya tienes que estar bien, no puedes seguir hablando de esa persona”, razona Falcón. “Yo siempre voy a seguir hablando de mi hijo y tuve la suerte de llegar a un punto en el que lo que más siento por él es agradecimiento. Siento que mi hijo está en mí y su sonrisa es la que yo intento llevar siempre”, añade Clara Isabel Martínez. “Ayuda pensar que si seguimos hundidos parece que estamo culpando a nuestros hijos de nuestra tristeza. Aprender a seguir adelante es librarles a ellos de esa culpa”, concluye Neli González.